prefacio
Hace unas semanas un amigo me pidió consejo acerca de qué tebeos norteamericanos comprar en un próximo viaje a Nueva York.
Mi incontinencia con un teclado bajo los dedos dió como resultado un largo correo que casi se convirtió en una guía de lecturas de autores del otro lado del Atlántico.
Según escribía recordé que, hace un par de años, había redactado un correo similar, para otra persona, incluyendo en este caso dibujantes tanto europeos como americanos.
He decidido juntar, reciclar y reescribir completamente ambos correos, filtrando la lista de recomendaciones, documentándome con textos de terceros e insertando algunas lineas escritas anteriormente por mí, con vistas a crear, emulando a Harold Bloom, y si se me permite el oximorón, mi propio canon occidental en cuestión de viñetas.
El resultado es esta larga anotación (que en nada se parece ya a los correos que la originaron) en cinco capítulos, uno por autor, más sus correspondientes prefacio y postfacio.
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uno: Cristophe Blain y los géneros
Posiblemente no sea una temeridad decir que Blain se ha erigido como el historietista francés más destacado de su generación (nació en 1970). Y, pese a ser un autor muy personal, lo ha conseguido centrando gran parte de su producción en algunos de los géneros más típicos (western, con “Gus” y “Hiram Lowatt y Placido”, piratas, con “Isaac el pirata”, y aventura de capa y espada, con “La mazmorra: amanecer”).
Aunque totalmente alejado del realismo, es un muy brillante dibujante, tendiendo cada vez más a un minimalismo casi naïf, dinámico, muy expresivo y caricaturesco, apoyado en fuertes colores planos (normalmente aplicados por un colorista, no por él mismo) y en una perfecta composición de página. Lo anterior, junto a los dialogos, secos y concisos, acompaña a un ritmo de narración dirigido por la acción, usando, al contrario que algunos de los siguientes miembros del canon, unos recursos aparentemente clásicos, sin necesidad de rupturas ni de forzar el estilo de forma evidente.
El tono de las historias, ligero y amable en un análisis superficial, no es tal; podríamos definirlas como humanas, pues los personajes y sus relaciones de amor y amistad se acaban imponiendo a la trama: el género no es sino una excusa, nunca un fin, aunque tampoco un cliché que constriña la creatividad del autor.
En resumen, bajo unas premisas gráficas y narrativas aparentemente simples, aparece una obra totalmente pensada, que sólo puede tener detrás un narrador extraordinario como C. Blain.
Todas sus obras publicadas en España son más que recomendables; desde la primeriza “El reductor de velocidad”, pasando por sus colaboraciones a los lápices para ilustrar los guiones de otros autores (David B. en “Hiram Lowatt Y Placido”, Sfar en “Sócrates, el semiperro” y Trondheim y Sfar en “La mazmorra: amanecer”) hasta, las joyas de la corona, las absolutamente imprescindibles “Isaac el pirata” y “Gus”, series de los que van publicados, respectivamente, 5 y 2 volúmenes (de la última hay un tercer volumen aún inédito en España).
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dos: Chris Ware y lo formal

Bebiendo de los clásicos de prensa norteamericanos de principio de siglo XX, Ware se convierte en el más moderno, suponiendo una ruptura formal con todo lo que se estaba haciendo hasta ese momento. Juega con la plancha, huyendo de la habitual secuencia lineal de viñetas: la composición de la página se puede complicar tanto cómo sea necesario para conseguir el efecto que el autor desea. Imagen y texto se funden: la imagen actúa como texto, simplificando el dibujo y convirtiéndolo, a veces, prácticamente en un simple signo, alejándose completamente del realismo (Ware considera este una barrera para la implicación sentimental del lector).
Esto ha llevado a que algunos hayan calificado, aunque sin negar su perfección formal, a la obra de C. Ware de fría y falta de emociones, aunque realmente es todo lo contrario: todos los recursos estilísticos están dirigidos a la transmisión de sentimientos (habitualmente, nada agradables: abandono, desaliento, soledad, falta de comunicación, incomprensión, inseguridad, …).
Mención aparte merece el diseño de las publicaciones; lo primero que llama la atención es la diversidad de tamaños y formatos: desde publicaciones minúsculas a tomos de proporciones inabarcables. Además de las historietas en sí, Ware incluye páginas repletas de larguísimos textos, anuncios que intentan vender los más bizarros productos o recortables, todo ello de acuerdo al estilo de las publicaciones de principios y mediados de siglo XX.
La obra de Ware aparece publicada en la serie de volúmenes con el título genérico de “The Acme Novelty Library”. Es en varios números de esta donde se prepublicó su obra más famosa, la saga familiar “Jimmy Corrigan: The Smartest Kid on Earth”. Multipremiada y alabada, está editada en castellano con el título de “Jimmy Corrigan: el chico más listo del mundo”.
Muy interesante es también la antología “The Acme Novelty Library” (no confundir con los tebeos del mismo título que esta recopila). Uno de los libros más primorosamente diseñados y editados que tengo… y la lectura es, también, una gozada. Tengo entendido que habrá una edición en castellano en breve.
También son recomendables cualquiera de sus dos libros de bocetos/diarios “The Acme Novelty Library Datebook volume ….”; no son tebeos, sino anotaciones y dibujos, con un registro completamente distinto, mucho más realista, al de sus historietas.
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tres: Daniel Clowes y lo extraño
Si a Chris Ware se le ha llegado a comparar, por lo de ruptura formal que conlleva, con James Joyce, la comparación más habitual con Dan Clowes es David Lynch, por el ambiente de extrañeza que sobrevuela toda su obra.
Cierto es que toda comparación de este estilo no deja de ser algo burda, una simplificación reductora en el mejor de los casos, pero esta vez no son completamente desacertadas ninguna de las dos, siendo indudable que algo de verdad tienen.
La obra de Clowes invita al desasosiego: desde lo completamente bizarro de la surrealista “Como un guante de seda forjado en hierro” al simple malestar que se respira (y casi se palpa) en sus historias de corte realista.
Al igual que sus compañeros norteamericanos de esta lista, C. Ware y Seth, la obra de Clowes es primero prepublicada en su revista “Eightball” (“Bola ocho” en España) para luego ser recopilada en volúmenes unitarios.
Tanto una como otra versión tienen una extensa publicación en España.
“Ghost World” y “David Boring” son dos de mis tebeos preferidos, soportando continuas relecturas que no les hacen perder ni un ápice de interés.
Aunque prefiero las anteriores, no sé si por calidad o por cuestiones subjetivas (la impresión que me causaron en su momento fue brutal), “Ice Haven”, un ejercicio de estilo narrado de forma fragmentada, es también una obra soberbia.
Y no es tampoco desdeñable, sino interesante, la ya citada “Like a Velvet Glove Cast in Iron”, pero no se puede olvidar que es la primera de todas estas y Clowes aún no había alcanzado la maestría de las posteriores.
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cuatro: David B. y lo simbólico
La posición de David B. como miembro del quinteto de este canon es ligeramente distinta a la del resto de los autores; en todos las obras de estos, mejores o peores, primerizas o cumbre, siempre he descubierto en ellas algo que las hacía, como mínimo, interesantes.
Con David B. no es así, aún teniendo una producción de una calidad media altísima, me he encontrado con todo el espectro de sensaciones después de leer álbumes suyos, desde el no me gusta hasta el me gusta mucho.
Sin embargo, cualquier pero queda olvidado ante los seis tomos de “La ascensión del gran mal” (“L’Ascension du haut mal”), una obra de tal entidad que por sí sola explica la presencia del autor en esta limitada lista. De hecho, para muchos críticos es la historieta francesa más importante de la década de los 90.
Intentar escribir sobre “La ascensión…” es, posiblemente, lo más difícil de este canon; pese a ser una obra de base autobiográfica, pivotando alrededor del hermano de David B., su enfermedad, la epilepsia (el gran mal del título), y como esta va influenciando la vida de toda la familia, termina resultando cualquier cosa menos una narración estándar, tanto en lo literario como en lo gráfico, para convertirse en una introspección del autor, donde lo onírico, las lecturas fantásticas e históricas, las medicinas alternativas y esoterismos varios, son literalmente deglutidos y vomitados sobre las planchas de los seis tomos.
Si bien la composición de página es la habitual rejilla de viñetas, el contenido de estas es algo totalmente único, no visto antes en ninguna otra obra: cada una de las viñetas es una lección de síntesis narrativa-visual, llena de elementos, con una carga simbólica por un lado, pero con el suficiente contenido para hacer avanzar la historia, incluir la suficiente carga de emotividad y, al tiempo, permitirnos atisbar la permanente ebullición de la mente de David B.
Probablemente, junto a la obra de Ware, esta sea la propuesta formal más atrevida de los últimos años.
Del resto de la producción de David B., destacaría los dos volúmenes publicados de la serie “Los buscadores de tesoros” y “El jardín armado y otras historias”, sendas narraciones cercanas al cuento, la primera ambientada en el Oriente de las mil y una noches, la segunda en una Europa medieval llena de guerras y conflictos religiosos, mezclando, con el habitual estilo del autor, lo fantástico con lo simbólico y lo místico, todo ello con una gráfica apabullante.
También son recomendables “Los complots nocturnos”, una transcripción en bitono de sueños del autor, y “Babel”, que sigue la senda de “La ascensión…”.
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cinco: Seth y la nostalgia
Seth, seudónimo de Gregory Gallant, es el canadiense del grupo.
No tanto por la creación de obras autobiográficas, o falsamente autobiográficas, sino por una simple cuestión de estilo, tanto personal como artístico, parece que en el caso de Seth hay una perfecta simbiosis entre obra y autor, dominados ambos por la nostalgia de una época no vivida, la primera mitad del siglo XX.
Seth, la persona, parece vivir en un tiempo que no es el que le corresponde (sólo hay que ver su indumentaria en las fotos que se pueden encontrar rastreando por google), y vuelca esta disonancia en las historias que escribe y dibuja, donde el ritmo lento y la melancolía por el tiempo pasado son constantes.
“It’s a Good Life, If You Don’t Weaken” (“La vida es buena si no te rindes” en su edición en castellano) es, sin ninguna duda, su obra cumbre y una de las más importantes de finales de siglo pasado; una historia aparentemente autobiográfica, aunque de ficción, que narra la obsesión del protagonista por un dibujante de mediados de siglo que apenas conoce por unos pocos chistes gráficos vistos en ejemplares antiguos del New Yorker.
Parecida temática, los protagonistas son un grupo de compulsivos coleccionistas de tebeos antiguos, tiene “Wimbledon Green” (sin edición en castellano), aunque estilísticamente es muy distinta; Ware ha dejado su huella en una generación de autores (el propio Seth lo reconoce en la dedicatoria del volumen) y estamos ante una narración fragmentaria, dividiendo la plancha en distintas historias, con multitud de viñetas y con el diseño convirtiéndose elemento importante de la narración.
A mí, personalmente, me parece fantástica… y la edición, una joyita.
Aunque aún no la he leído (ha sido prepublicada en el New York Times Magazine, pero no como tomo), por lo que he podido ver de su nueva obra, “George Sprott (1894-1975)”, Seth continua los caminos que comenzaba a explorar en la anterior.
… en el que aprovecho para dejar un par de pinceladas defensivas ante posibles reproches por la anterior elección.
Lo primero que se me podría decir es que todos los autores seleccionados son actuales, muy actuales, dejando fuera a los clásicos o semiclásicos.
Cierto, es así; pero además de por filias y fobias, lo es por el propio criterio de selección, orientado a descubrir autores nuevos a personas no al tanto de las novedades del medio, al tiempo que sean opciones de compra relativamente fáciles de conseguir.
En el sentido contrario, se me podría decir que el canon es, valga la redundancia, bastante canónico y poco atrevido; a un lector habitual de tebeos no creo que le descubra nada nuevo y le parecerá hasta un tanto tópico: posiblemente, salvo curiosidad, no vaya dirigido para él.