Acerca de la temeridad

Siguiendo con lo realizado hace unos días para Orwell, he aquí un montaje con algunas de las portadas de ediciones de la Penguin de obras de Virginia Woolf:

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Con objeto de no dejar la imagen desnuda y copiar algún párrafo suyo, aunque sin tener que buscarlo y teclearlo, hago una búqueda por la cadena woolf en anteriores anotaciones; para mi sorpresa, antes de esta, con mayor o menor importancia en la entrada, la escritora británica era nombrada en 7 de ellas (no tenía la impresión de haberlas citado tanto).
Ante tanta repetición, simplemente dejo el enlace anterior, que recupera el resultado de dicha búsqueda y, simplemente, reuso para esta entrada una falsa portada de Gallardo acompañada de la foto canónica con la que solemos reconocerla:

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Miguel Gallardo, 2006 / George Charles Beresford, 1902

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Acerca del misterio

Se cuenta que a veces se oyen dos voces hablando en la habitación y que, cuando se abre la puerta, Todhunter siempre está solo. Se habla de un misterioso hombre alto con un sombrero de seda que un día surgió de la niebla, y al parecer del mar, y se paseó por la arena y por el jardincito trasero al atardecer, hasta que le oyeron hablar con el inquilino por la ventana. La conversación pareció acabar en una disputa. Todhunter cerró violentamente la ventana y el hombre del sombrero de copa desapareció en la niebla de nuevo. La familia cuenta esta historia con mucho misterio, pero yo creo que la señora MacNab prefiere otra historia inventada por ella misma: que el Otro Hombre (o lo que quiera que sea) se desliza cada noche desde un baúl que hay en un rincón y que está cerrado durante el día.

Un fragmento del relato “La ausencia del Señor Glass” de G. K. Chesterton, perteneciente al volumen “La sagacidad del padre Brown” (traducción de Miguel Temprano García).

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Una de las tiras de “Macanudo”, por Liniers.

Al igual que la anterior entrada, una nueva asociación mental. Mientras leía estas lineas en el volumen que ha editado Acantilado con los relatos del padre Brown no podía visualizar al personaje descrito de una forma diferente al misterioso hombre de negro, uno de los personajes de la genial tira de Liniers.

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Acerca de perros y humanos

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Curiosas asociaciones mentales, que a la vista de una imagen (la de la derecha, de José Luis Agreda), te traen a la mente inmediatamente otra (la de la izquierda, la pintura de Goya), que aparentemente no tienen mucho que ver, salvo una curva que delimita de alguna forma primer plano y fondo.

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Acerca de G. Orwell

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Era la hora solitaria de después de comer, en la que pocos clientes entraban en la librería, si es que entraba alguno. Estaba solo con siete mil libros. Contiguo a la trastienda, el habitáculo, pequeño y oscuro, que olía a polvo y a papel húmedo, se hallaba abarrotado de libros, la mayoría viejos e invendibles. En las estanterías superiores próximas al techo se encontraban los volúmenes en cuarto de enciclopedias desfasadas, apiladas de costado como ataúdes en una fosa común. Gordon apartó las cortinas azules y polvorientas, que hacían las veces de puerta a la sala contigua. En esta estancia, mejor iluminada que la anterior, se hallaba la sección de préstamos. Era una de esas bibliotecas de «a dos peniques, sin depósito» que tanto gustaba a los lectores tacaños. Por supuesto, sólo había novelas, ¡y qué novelas! Pero eso era lo que el público esperaba.
Un total de ochocientos volúmenes forraban tres de las cuatro paredes de la habitación, hilera tras hilera de llamativos lomos rectangulares, como si las paredes hubiesen sido construidas con ladrillos de diversos colores dispuestos en vertical. Los libros se hallaban colocados en orden alfabético: Arlen, Burroughs, Deeping, Dell, Frankau, Galsworthy, Gibbs, Priestley, Sapper, Walpole… Gordon los contempló con un odio sereno. En esos momentos detestaba todo tipo de libros, en especial las novelas. ¡Qué espanto pensar en toda esa masa de basura húmeda y sin sentido amontonada en un mismo sitio! Puding, puding pringoso. Ochocientas porciones de puding emparedándole bajo una bóveda hecha de un conglomerado parecido al puding.

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Gordon se alejó de la puerta y regresó junto a las estanterías. A mano izquierda, se encontraban los libros nuevos o seminuevos, formando una superficie de colores brillantes que pretendían llamar la atención de todo el que mirase a través del cristal de la puerta; sus lomos relucientes e inmaculados parecían decir a gritos: «¡Cómprame, cómprame». Eran novelas recién salidas de la imprenta, esposas aún no poseídas que suspiraban por un cortapapeles que las desflorase; y ejemplares para la prensa y los críticos, semejantes a viudas jóvenes y lozanas, aunque ya no vírgenes; y aquí y allá, en grupos de media docena, esas patéticas solteronas, los «saldos». Le traían malos recuerdos: del único librito miserable que había publicado hacía dos años, sólo se vendieron ciento cincuenta y tres ejemplares; el resto se había saldado, y aún así jamás se había vendido uno. Pasó de largo ante los libros nuevos y se detuvo frente a los estantes que se abalanzaban en ángulo recto contra ellos y que albergaban volúmenes de segunda mano.
Encima, a la derecha, se encontraban los libros de poesía. Gordon se hallaba frente a un revoltijo de libros en prosa situados más abajo. Estaban ordenados de forma gradual: los limpios y caros a la altura de los ojos, los baratos y deslucidos en los extremos superior e inferior. En todas las librerías se aplicaba un criterio de lucha Darwiniana por la subsistencia, en virtud de la cual las obras de escritores vivos se exhibían a la altura de los ojos, mientras que las de los difuntos se colocaban más arriba o más abajo; abajo, en el infierno, o arriba, en el trono; en todo caso, situados lejos de la vista. En los estantes inferiores, los «clásicos», esos monstruos extinguidos de la era victoriana, se descomponían en paz: Scott, Carlyle, Meredith, Ruskin, Pater, Stevenson… Apenas se distinguían los nombres en los lomos anchos y anticuados.

Los dos fragmentos anteriores pertenecen a “Que no muera la aspidistra” de George Orwell (traducción de Cristina Salmerón Giménez).
Las ilustraciones son montajes realizados a partir de las portadas de algunos de los volúmenes de G. Orwell editados por Penguin.

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Acerca de los números

Toni García en “Apocalipsis” (“El País”, 11 de agosto de 2009):

[...] la renacida obsesión de Hollywood con el juicio final, poniendo como ejemplo películas como La carretera (www.theroad-movie.com), The book of Eli (ww.theroad-movie.com) o 2012 (www.sonypictures.com/movies/2012). Esta última parece tener todos los números para llevarse el gato al agua: pongan “2012″, que parece ser la fecha en la que los mayas dejaron de escribir su calendario (no se sabe si por vagancia o por cualquier otro motivo mucho más profundo, elaborado y -obviamente- negativo) en cualquier buscador y encontrarán 176 millones de resultados, en todos los idiomas.

Pues sí, 176 millones de resultados para “2012″… pero, ¿podemos sacar de aquí alguna conclusión en relación a que una u otra película se va a llevar el gato el agua? Yo diría que no; repitamos la búsqueda para otras cadenas de búsqueda.

  • “2009″ devulve 10.910 millones de resultados.

  • “2010″ devuelve 637 millones de resultados.
  • “2011″ devuelve 410 millones de resultados.
  • “2013″ devuelve 108 millones de resultados.

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Vamos, que cualquier cifra que se pueda interpretar como un año más o menos cercano al actual aparece multitud de veces en distintos sitios webs, siendo indexada por buscadores. Y la frecuencia de aparición de la misma, como parece lógico, es mayor para el año actual y, a partir de aquí, en cantidad decreciente para los años siguientes, correspondientes aún a previsiones.
Por tanto, la cantidad de apariciones de “2012″ no parece que siga una pauta distinta a la esperada, ocasionada por el título de la película que se indica en el artículo; así, me atrevo a decir que en este se está jugando con los datos -mostrando sólo aquel que interesa, apabullando por su volumen- para sacar conclusiones que no tienen por qué ser ciertas (de todas formas, evidentemente, un porcentaje de esas apariciones del término 2012 sí se refieren a la película; y es posible que esta tenga éxito en taquilla, dada su naturaleza y la campaña que la acompaña).

Pd.: ah, y tampoco vale lo de “cualquier búscador”, que se indica en el artículo original; los números de resultados citados son para google, muy distintos de “cualquier” otro.

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Acerca de los libros (vii, Enki Bilal)

El estilo es un don y también es una trampa, un amaneramiento. Francis Bacon pintaba a veces cuadros estremecedores y otras veces echaba mano a los automatismos del estilo para pintar un bacon [...]

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Le pregunto por la exposición del Prado a un amigo que ya ha ido a verla y me cuenta que ha comprobado que Bacon ya no le gusta tanto como antes. De más joven Bacon era uno de sus pintores; ahora le gusta mucho más Mark Rothko, que cuando era joven le cansaba. Quizás a mí me pasará lo mismo. Cuando uno es joven lo obvio le apasiona, le permite la seguridad de una conmoción indiscutible.

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Las dos citas textuales que aparecen arriba corresponden a parte del artículo publicado ayer en Babelia por A. Muñoz Molina sobre la exposición de Francis Bacon en el Prado.

Pero, leyéndolo, las frases copiadas me parecían perfectas para comenzar el artículo que tenía en mente sobre el dibujante de origen yugoeslavo Enki Bilal: un artista por el que no hace tanto sentía verdadera pasión de fan y que ahora, en el mejor de los casos, me deja frío (aunque no dejo de seguirlo, no sé bien si por la costumbre o con la esperanza de que vuelva a encandilarme).
Y dos de las posibles razones que puedo utilizar para justificar esa caida en desgracia dentro de mi olimpo particular coinciden con las expuestas por Muñoz Molina para el caso de Bacon: o bien se ha producido un bajón respecto a sus primeras obras, en las que fijó un estilo característico, y ahora lo fía todo a dicho estilo sin un fondo verdadero, o bien sus primeras obras obras tampoco eran tan buenas, pero me impactaron en su momento por su efectismo.

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Además, para mí, Bilal tiene alguna connotación especial: la primera vez que publiqué un contenido en la web fue, hace como diez años, este monográfico sobre él e, incluso, mi primera colaboración con la wikipedia fue, a mediados de 2005, la escritura de su entrada en la versión en castellano de esta enciclopedia on-line.

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El dedicar precisamente ahora una entrada a Enki Bilal (y más después de plantear las dudas sobre su producción actual) no es casual, sino que viene dado por la presencia del autor en Madrid el martes (17 de marzo de 2009) para inagurar una exposición / proyectar un film / participar en una conferencia (más información aquí).
Además, la semana pasada salió a la venta (en Francia) su nuevo álbum, ANIMAL’z.

Le daremos una nueva oportunidad: al álbum, seguro, y a la exposición, depende (de si paso por Madrid por las fechas en que esté expuesta).

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Las fotografías corresponden (de arriba a abajo) a:

  • Colección de 18 tarjetas con viñetas repintadas de “La mujer trampa”.
  • Portadas de los cinco (uno aparece dos veces, en edición francesa y castellana) álbumes de temática fantástica-política guionizados por Pierre Christin, bajo el título de “Leyendas de hoy”.
  • Páginas interiores de uno de los anteriores, “Partida de caza”.
  • Portadas de los 3 álbumes que componen la trilogía “Nikopol”.
  • Portadas de los 4 álbumes que componen la tetralogía del “Sueño del Monstruo”.
  • Portadas de dos libros recopilando su trabajo gráfico, “Sangre azul” y “Visiones de fin de milenio”.
  • Páginas interiores de “Sangre azul”.
  • Páginas interiores de “Fuera de juego” y “Coeurs sanglants” (ilustrando textos de, respectivamente, Patrick Cauvin y Pierre Christin).

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Acerca de los suplementos literarios

Una terna de enlaces, agrupados aquí por el nexo común (directo en los dos primeros casos y secundario en el último) de los suplementos literarios.

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Acerca de los libros (vi, Alianza)

Hace un par de días leía, con una semana de retraso pues había estado de viaje, el “Babelia” dedicado al libro de bolsillo.
Precisamente, para dicho viaje, uno para el trayecto de ida y otro para el de vuelta, había comprado sendos libros de bolsillo, ambos de Alianza (sin embargo, finalmente, sólo llegué a leer unas pocas decenas de páginas).
En cualquier caso, esto ha sido el origen de esta anotación de la serie “Acerca de los libros” en que he utilizado, para la parte gráfica, algunos de los libros que tengo de Alianza Editorial, y para los textos fragmentos de la columna “Lecturas liliputienses” de Alberto Manguel, en el “Babelia” citado.

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Dos características esenciales definen el libro de bolsillo: su dócil tamaño y su voluntad nómada. Es por eso que el santo patrón de los libros de bolsillo es (o debería ser) un tal Lemuel Gulliver, viajero infatigable y minucioso cronista del minúsculo reino de Liliput.

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Discreto, móvil, manuable, modesto, el libro de bolsillo es, de toda la biblioteca, el que más se pliega a la voluntad del lector.

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Porque es portátil, no exige que se lea en un lugar determinado, como los elefantinos volúmenes de una enciclopedia; porque es barato, no provoca en el lector que quiere garabatear en sus márgenes el sentimiento de lèse majesté que causan sus más aristocráticos hermanos de tapa dura; porque es pequeño, no desdeña el bolso ni, obviamente, el bolsillo, y se deja llevar a la cama como el más dócil de los enamorados.

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Hoy los libros de bolsillo reinan supremos, tanto entre sus congéneres de librería como entre las morcillas y pantuflas del supermercado, ofreciendo al lector que busca un discreto compañero de ruta todo tipo de aventuras, desde los periplos más imbéciles hasta los clásicos viajes del perspicaz Lemuel Gulliver.

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Véase también: Acerca de las alianzas (i) y Acerca de las alianzas (ii).

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Acerca del canon occidental

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Hace unas semanas un amigo me pidió consejo acerca de qué tebeos norteamericanos comprar en un próximo viaje a Nueva York.
Mi incontinencia con un teclado bajo los dedos dió como resultado un largo correo que casi se convirtió en una guía de lecturas de autores del otro lado del Atlántico.
Según escribía recordé que, hace un par de años, había redactado un correo similar, para otra persona, incluyendo en este caso dibujantes tanto europeos como americanos.

He decidido juntar, reciclar y reescribir completamente ambos correos, filtrando la lista de recomendaciones, documentándome con textos de terceros e insertando algunas lineas escritas anteriormente por mí, con vistas a crear, emulando a Harold Bloom, y si se me permite el oximorón, mi propio canon occidental en cuestión de viñetas.
El resultado es esta larga anotación (que en nada se parece ya a los correos que la originaron) en cinco capítulos, uno por autor, más sus correspondientes prefacio y postfacio.

uno: Cristophe Blain y los géneros

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Posiblemente no sea una temeridad decir que Blain se ha erigido como el historietista francés más destacado de su generación (nació en 1970). Y, pese a ser un autor muy personal, lo ha conseguido centrando gran parte de su producción en algunos de los géneros más típicos (western, con “Gus” y “Hiram Lowatt y Placido”, piratas, con “Isaac el pirata”, y aventura de capa y espada, con “La mazmorra: amanecer”).

Aunque totalmente alejado del realismo, es un muy brillante dibujante, tendiendo cada vez más a un minimalismo casi naïf, dinámico, muy expresivo y caricaturesco, apoyado en fuertes colores planos (normalmente aplicados por un colorista, no por él mismo) y en una perfecta composición de página. Lo anterior, junto a los dialogos, secos y concisos, acompaña a un ritmo de narración dirigido por la acción, usando, al contrario que algunos de los siguientes miembros del canon, unos recursos aparentemente clásicos, sin necesidad de rupturas ni de forzar el estilo de forma evidente.
El tono de las historias, ligero y amable en un análisis superficial, no es tal; podríamos definirlas como humanas, pues los personajes y sus relaciones de amor y amistad se acaban imponiendo a la trama: el género no es sino una excusa, nunca un fin, aunque tampoco un cliché que constriña la creatividad del autor.
En resumen, bajo unas premisas gráficas y narrativas aparentemente simples, aparece una obra totalmente pensada, que sólo puede tener detrás un narrador extraordinario como C. Blain.

Todas sus obras publicadas en España son más que recomendables; desde la primeriza “El reductor de velocidad”, pasando por sus colaboraciones a los lápices para ilustrar los guiones de otros autores (David B. en “Hiram Lowatt Y Placido”, Sfar en “Sócrates, el semiperro” y Trondheim y Sfar en “La mazmorra: amanecer”) hasta, las joyas de la corona, las absolutamente imprescindibles “Isaac el pirata” y “Gus”, series de los que van publicados, respectivamente, 5 y 2 volúmenes (de la última hay un tercer volumen aún inédito en España).

dos: Chris Ware y lo formal

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Bebiendo de los clásicos de prensa norteamericanos de principio de siglo XX, Ware se convierte en el más moderno, suponiendo una ruptura formal con todo lo que se estaba haciendo hasta ese momento. Juega con la plancha, huyendo de la habitual secuencia lineal de viñetas: la composición de la página se puede complicar tanto cómo sea necesario para conseguir el efecto que el autor desea. Imagen y texto se funden: la imagen actúa como texto, simplificando el dibujo y convirtiéndolo, a veces, prácticamente en un simple signo, alejándose completamente del realismo (Ware considera este una barrera para la implicación sentimental del lector).
Esto ha llevado a que algunos hayan calificado, aunque sin negar su perfección formal, a la obra de C. Ware de fría y falta de emociones, aunque realmente es todo lo contrario: todos los recursos estilísticos están dirigidos a la transmisión de sentimientos (habitualmente, nada agradables: abandono, desaliento, soledad, falta de comunicación, incomprensión, inseguridad, …).

Mención aparte merece el diseño de las publicaciones; lo primero que llama la atención es la diversidad de tamaños y formatos: desde publicaciones minúsculas a tomos de proporciones inabarcables. Además de las historietas en sí, Ware incluye páginas repletas de larguísimos textos, anuncios que intentan vender los más bizarros productos o recortables, todo ello de acuerdo al estilo de las publicaciones de principios y mediados de siglo XX.

La obra de Ware aparece publicada en la serie de volúmenes con el título genérico de “The Acme Novelty Library”. Es en varios números de esta donde se prepublicó su obra más famosa, la saga familiar “Jimmy Corrigan: The Smartest Kid on Earth”. Multipremiada y alabada, está editada en castellano con el título de “Jimmy Corrigan: el chico más listo del mundo”.
Muy interesante es también la antología “The Acme Novelty Library” (no confundir con los tebeos del mismo título que esta recopila). Uno de los libros más primorosamente diseñados y editados que tengo… y la lectura es, también, una gozada. Tengo entendido que habrá una edición en castellano en breve.
También son recomendables cualquiera de sus dos libros de bocetos/diarios “The Acme Novelty Library Datebook volume ….”; no son tebeos, sino anotaciones y dibujos, con un registro completamente distinto, mucho más realista, al de sus historietas.

tres: Daniel Clowes y lo extraño

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Si a Chris Ware se le ha llegado a comparar, por lo de ruptura formal que conlleva, con James Joyce, la comparación más habitual con Dan Clowes es David Lynch, por el ambiente de extrañeza que sobrevuela toda su obra.
Cierto es que toda comparación de este estilo no deja de ser algo burda, una simplificación reductora en el mejor de los casos, pero esta vez no son completamente desacertadas ninguna de las dos, siendo indudable que algo de verdad tienen.
La obra de Clowes invita al desasosiego: desde lo completamente bizarro de la surrealista “Como un guante de seda forjado en hierro” al simple malestar que se respira (y casi se palpa) en sus historias de corte realista.

Al igual que sus compañeros norteamericanos de esta lista, C. Ware y Seth, la obra de Clowes es primero prepublicada en su revista “Eightball” (“Bola ocho” en España) para luego ser recopilada en volúmenes unitarios.
Tanto una como otra versión tienen una extensa publicación en España.

“Ghost World” y “David Boring” son dos de mis tebeos preferidos, soportando continuas relecturas que no les hacen perder ni un ápice de interés.
Aunque prefiero las anteriores, no sé si por calidad o por cuestiones subjetivas (la impresión que me causaron en su momento fue brutal), “Ice Haven”, un ejercicio de estilo narrado de forma fragmentada, es también una obra soberbia.
Y no es tampoco desdeñable, sino interesante, la ya citada “Like a Velvet Glove Cast in Iron”, pero no se puede olvidar que es la primera de todas estas y Clowes aún no había alcanzado la maestría de las posteriores.

cuatro: David B. y lo simbólico

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La posición de David B. como miembro del quinteto de este canon es ligeramente distinta a la del resto de los autores; en todos las obras de estos, mejores o peores, primerizas o cumbre, siempre he descubierto en ellas algo que las hacía, como mínimo, interesantes.
Con David B. no es así, aún teniendo una producción de una calidad media altísima, me he encontrado con todo el espectro de sensaciones después de leer álbumes suyos, desde el no me gusta hasta el me gusta mucho.
Sin embargo, cualquier pero queda olvidado ante los seis tomos de “La ascensión del gran mal” (“L’Ascension du haut mal”), una obra de tal entidad que por sí sola explica la presencia del autor en esta limitada lista. De hecho, para muchos críticos es la historieta francesa más importante de la década de los 90.

Intentar escribir sobre “La ascensión…” es, posiblemente, lo más difícil de este canon; pese a ser una obra de base autobiográfica, pivotando alrededor del hermano de David B., su enfermedad, la epilepsia (el gran mal del título), y como esta va influenciando la vida de toda la familia, termina resultando cualquier cosa menos una narración estándar, tanto en lo literario como en lo gráfico, para convertirse en una introspección del autor, donde lo onírico, las lecturas fantásticas e históricas, las medicinas alternativas y esoterismos varios, son literalmente deglutidos y vomitados sobre las planchas de los seis tomos.
Si bien la composición de página es la habitual rejilla de viñetas, el contenido de estas es algo totalmente único, no visto antes en ninguna otra obra: cada una de las viñetas es una lección de síntesis narrativa-visual, llena de elementos, con una carga simbólica por un lado, pero con el suficiente contenido para hacer avanzar la historia, incluir la suficiente carga de emotividad y, al tiempo, permitirnos atisbar la permanente ebullición de la mente de David B.
Probablemente, junto a la obra de Ware, esta sea la propuesta formal más atrevida de los últimos años.

Del resto de la producción de David B., destacaría los dos volúmenes publicados de la serie “Los buscadores de tesoros” y “El jardín armado y otras historias”, sendas narraciones cercanas al cuento, la primera ambientada en el Oriente de las mil y una noches, la segunda en una Europa medieval llena de guerras y conflictos religiosos, mezclando, con el habitual estilo del autor, lo fantástico con lo simbólico y lo místico, todo ello con una gráfica apabullante.
También son recomendables “Los complots nocturnos”, una transcripción en bitono de sueños del autor, y “Babel”, que sigue la senda de “La ascensión…”.

cinco: Seth y la nostalgia

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Seth, seudónimo de Gregory Gallant, es el canadiense del grupo.
No tanto por la creación de obras autobiográficas, o falsamente autobiográficas, sino por una simple cuestión de estilo, tanto personal como artístico, parece que en el caso de Seth hay una perfecta simbiosis entre obra y autor, dominados ambos por la nostalgia de una época no vivida, la primera mitad del siglo XX.
Seth, la persona, parece vivir en un tiempo que no es el que le corresponde (sólo hay que ver su indumentaria en las fotos que se pueden encontrar rastreando por google), y vuelca esta disonancia en las historias que escribe y dibuja, donde el ritmo lento y la melancolía por el tiempo pasado son constantes.

“It’s a Good Life, If You Don’t Weaken” (“La vida es buena si no te rindes” en su edición en castellano) es, sin ninguna duda, su obra cumbre y una de las más importantes de finales de siglo pasado; una historia aparentemente autobiográfica, aunque de ficción, que narra la obsesión del protagonista por un dibujante de mediados de siglo que apenas conoce por unos pocos chistes gráficos vistos en ejemplares antiguos del New Yorker.
Parecida temática, los protagonistas son un grupo de compulsivos coleccionistas de tebeos antiguos, tiene “Wimbledon Green” (sin edición en castellano), aunque estilísticamente es muy distinta; Ware ha dejado su huella en una generación de autores (el propio Seth lo reconoce en la dedicatoria del volumen) y estamos ante una narración fragmentaria, dividiendo la plancha en distintas historias, con multitud de viñetas y con el diseño convirtiéndose elemento importante de la narración.
A mí, personalmente, me parece fantástica… y la edición, una joyita.
Aunque aún no la he leído (ha sido prepublicada en el New York Times Magazine, pero no como tomo), por lo que he podido ver de su nueva obra, “George Sprott (1894-1975)”, Seth continua los caminos que comenzaba a explorar en la anterior.

postfacio

… en el que aprovecho para dejar un par de pinceladas defensivas ante posibles reproches por la anterior elección.

Lo primero que se me podría decir es que todos los autores seleccionados son actuales, muy actuales, dejando fuera a los clásicos o semiclásicos.
Cierto, es así; pero además de por filias y fobias, lo es por el propio criterio de selección, orientado a descubrir autores nuevos a personas no al tanto de las novedades del medio, al tiempo que sean opciones de compra relativamente fáciles de conseguir.

En el sentido contrario, se me podría decir que el canon es, valga la redundancia, bastante canónico y poco atrevido; a un lector habitual de tebeos no creo que le descubra nada nuevo y le parecerá hasta un tanto tópico: posiblemente, salvo curiosidad, no vaya dirigido para él.

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Acerca de las apropiaciones

No debería, pues ya tengo bastante abandonado este conjunto de anotaciones así como otras cosas pendientes (se me viene a la mente algún artículo para la wikipedia que espera ya semanas a que tenga tanto un rato como ganas para ponerme a ello), pero he abierto un Tumblelog.

Según la wikipedia:

un tumblelog o tlog es una variante menos estructurada de un blog muy ligada al microblogging. Contienen pensamientos al azar, enlaces, imágenes y otro contenido, sin una temática definida excepto el hecho de que está realizado por un mismo autor [...] Un tumblelog es un flujo de conciencia improvisado [...] recuerdan a un antiguo estilo de blogs, en la época en que la gente los hacía a mano, antes de que Movable Type obligara a poner los títulos de los posteos, las entradas de los blogs se convirtieran en pequeños artículos de revistas, y los posteos pertenecieran a una conversación distribuida a través de toda la blogosfera [...] también tiene algo de esbozo, de apunte, de idea. Son las semillas de futuros post en un blog convencional, una especie de cuaderno de notas breves y personales que no admite comentarios ni intromisiones a pesar de ser público.

Jugando con el título de este, anotaciones, y con la naturaleza de los contenidos, se va a llamar apropiaciones y se puede ver en:
http://apropiaciones.tumblr.com/ [RSS]
No sé si realmente ese experimento durará mucho o no, pero bueno, abierto y comunicado queda.

Pd.: también tengo en mente una idea para otro blog, este temático, y que tendría que ser, como el anterior a este, de actualización diaria, lo que me obliga a tomarme un tiempo para pensarme si lo pongo en marcha o no.

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