Acerca de Nabokov
Ayer, día del libro, aproveché el 10% de descuento para hacerme con un volumen de importe no desdeñable, que esperaba desde hace varios meses una ocasión como esta para pasar de mi lista de compras pendientes a una balda del salón: el tercer tomo (y único publicado en el momento de escribir esta anotación) de las obras completas de Vladimir Nabokov, en Galaxia Gutenberg.

Fue en mi primer día del libro viviendo en Murcia, allá por 1998, cuando compré, sin apenas conocimiento del autor ruso, y sólo una somera idea de la trama de la novela, lo que sería mi primera aproximación a Nabokov, “Lolita”.
Desde entonces he ido leyendo casi todas sus novelas, el libro de entrevistas, el de clases sobre el Quijote y sus memorias. He comprado y visionado el DVD con la entrevista que le hizo Bernard Pivot. Y, lo último, con paciencia y mucha dificultad, he conseguido acabarme “Lolita” en inglés, en una edición profusamente anotada, que le deja a uno con las vergüenzas al aire, ya que pone en evidencia que apenas si había captado una ínfima parte de los juegos, guiños y referencias en anteriores lecturas.
Vladimir Nabokov es uno de esos autores -y no son muchos- a quienes conviene leer con las gafas de sol puestas: el peligro de deslumbramiento es tan constante que conviene tomar precauciones para no quedar cegados. En 1992 y en Sevilla conocí a cierto arquitecto que hacía años, desde que se alojó en el mundo de Ada, había suspendido la lectura de cualquier cosa que no fuera la obra de Nabokov: se había leído ya las diecisiete novelas y las quinientas páginas de relatos breves en distintos idiomas, y acababa de emprender el aprendizaje del ruso para poder alcanzar el original de las primeras nueve novelas y de los mejores cuentos de su autor favorito.
No se preocupen, amables lectores, que no llegaré a tanto (pese a lo que pudiera parecer tras la lectura de esta anotación): seguiré leyendo a otros autores y, de momento, no me lanzaré al aprendizaje del ruso.
De hecho, supongo que, a partir de ahora, el ritmo de publicación de las obras completas (está previsto un tomo al año) será el que determine mi ritmo de lecturas y relecturas nabokovianas.
Vía google encuentro esto:

El título de la portada de dicho número de “Time” es bastante elocuente: “La novela está viva / y viviendo en AntiTierra” (referencia a “Ada, o el ardor”).
En el interior de la revista se puede leer una entrevista titulada con una de sus frases: “I Have Never Seen a More Lucid, More Lonely, Better Balanced Mad Mind Than Mine”.
No exactamente el contenido del articulo publicado en “Time”, sino el formulario de preguntas/respuestas sobre el que se basó, aparece en el volumen “Opiniones contundentes” (capítulo 10).
Antes de vernir a Montreux a mediados de marzo de 1969, los periodistas de Time Martha Duffy y R. Z. Shepard me enviaron por telex una veintena de preguntas. Las respuestas, claramente mecanografiadas, los esperaban a su llegada, cuando agregaron una docena más, de las cuales respondía a siete. Algunas del conjunto aparecieron en el número del 23 de mayo de 1969… el que tienen mi cara en la portada.
En una de mis anteriores reencarnaciones ya escribí (aunque más bien debería decir “transcribí”, pues, evidentemente, sólo hablo de oidas) sobre las manías de VN en las entrevistas. Se puede leer aquí.
Cierro este mensaje acerca de Nabokov, escrito sin ningún orden ni concierto, en varios días, y de forma inconexa, con algunas citas sacadas de la sobrecubierta del volumen que, comentaba algo más arriba, acabo de comprar:
Mi tragedia privada que no puede ni debe interesar a nadie, es que tuve que abandonar mi idioma natural, mi libre, extensa, infinitamente dócil lengua rusa por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos -el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y tradiciones implícitas- que el ilusionista nativo, mientras agita los faldones de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia que ha recibido.
Mi paso de la prosa rusa a la inglesa fue sumamente doloroso… como volver a utilizar las manos después de perder siete u ocho dedos en una explosión.
Nabokov había renunciado a una clase de ruso sumamente especial y compleja, exclusivamente suya, que a lo largo de los años había perfeccionado hasta ser algo único y peculiar de él, un auténtico artefacto de belleza, para adoptar una suerte de inglés que entonces procedió a esgrimir y a doblegar a su antojo y voluntad hasta que también esa lengua paso a ser, bajo su pluma, algo que jamás había sido antes por su cadencia, su melodía, su flexibilidad.
Supongo que tendrá razón (¡quién soy yo para llevarle la contraria a Nabokov sobre esto!), pero se me hace difícil imaginar que pudiera sacarle más belleza al ruso que la que consiguió sacarle al inglés (al menos, lo que yo detecto en las traducciones y lo que he podido entender de mi lectura en inglés de “Lolita”).
De hecho, casi me atrevería a decir que sólo es posible con cierto extrañamiento en el uso de un idioma extranjero, en el que el pensamiento y la escritura no son tan inmediatos, sino que el autor tienen que pensar (casi paladear) cada palabra de forma individual.
En fín, habrá que aprender ruso (¡ah, no! que antes ya dije que no, que no aprenderé ruso). Aunque, eso sí, no descarto (y casi es probable) que dedique más adelante más anotaciones a Nabokov.
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