Desde luego, pensé, lo peor de nosotros es que nos imaginamos que tenemos algo que perder. Para empezar, el noventa por ciento de los vecinos de la calle Ellesmere tienen la impresión de ser propietarios de sus casas. La calle Ellesmere y toda la zona que la rodea, hasta la Avenida Principal, forma parte de una enorme empresa inmobiliaria llamada Urbanización Las Hespérides, propiedad de la Sociedad Constructora Cheerful Credit. Las constructoras son, probablemente, el negocio más redondo de nuestro tiempo. Los seguros son una estafa, lo reconozco, pero una estafa declarada, con las cartas boca arriba. Lo bueno de la empresa constructora es que las víctimas de la estafa creen ser objeto de un favor. La empresa las desvalija y ellas le lamen la mano agradecidas. A veces pienso que me gustaría ver la Urbanización Hespérides presidida por un enorme monumento al dios de las sociedades constructoras. Sería un dios extraño. Entre otras cosas, sería bisexual. La mitad superior de su cuerpo sería un director gerente, y la mitad inferior una señora embarazada. En una mano mostraría una enorme llave –la llave del asilo, claro- y en la otra, -¿cómo se llaman esas cosas como cuernos con regalos dentro?- una cornucopia, de la que saldrían radios portátiles, pólizas de seguro de vida, dentaduras postizas, aspirinas, preservativos y rodillos de apisonadores de jardín.
[…] Simplemente por la ilusión de ser dueños de nuestras casas, de tener lo que se llama un pie en el campo, los pobres desgraciados de las Hespérides y de todos los lugares semejantes nos hemos convertido para toda la vida en los devotos esclavos de Crum. Somos todos respetables propietarios, es decir, gente de orden, conservadores y pelotas. Somos la gallina de los huevos de oro. Y el hecho de que en realidad no seamos propietarios, de que estemos todos a medio pagar nuestras casas y vivamos devorados por el terror de que nos ocurra algo antes de haber efectuado el último pago no hace más que aumentar esta impresión. Estamos comprados, y lo que es más, comprados con nuestro propio dinero. Y cada uno de los pobres imbéciles oprimidos que están echando el bofe para pagar en el doble de su valor una jaulita de ladrillo llamada Belle Vue porque no tiene vista alguna, cada uno de estos pobres primos está dispuesto a morir en el campo de batalla para salvar a su país del bolchevismo.
“Subir a por aire”, George Orwell, 1939 (traducción de Ester Donato).
Está claro que, pese a las casi siete décadas transcurridas, las cosas no han cambiado mucho… bueno, tal vez, hoy en día los felices propietarios no estarían dispuestos a morir en el campo de batalla (ni en contra ni, mucho menos, claro, a favor del bolchevismo).
Miguel Gallardo, 2006
El libro, en la edición que acaba de publicar Destino, tiene como portada una ilustración de Miguel Gallardo, que se puede ver arriba, a la izquierda. A la derecha, un boceto para la misma portada.
Mirando en uno de sus blogs (sí, hay dos) en busca de la anteriores ilustraciones, encuentro también una falsa portada sobre una biografía de Virginia Woolf “en la que -cito textualmente- aparece más glamurosa que nunca“.
Para comparar, la coloco junto a la fotografía que le realizó en 1902 George Charles Beresford y que practicamente ha quedado fijada como la imagen, casi un icono, que tenemos a día de hoy de la Woolf.
Miguel Gallardo, 2006 / George Charles Beresford, 1902
Y, para cerrar esta anotación, que me ha llevado, inesperadamente, de Orwell a Woolf, vía Gallardo, intento encontrar, convencido de que existirá, alguna relación entre los dos escritores ingleses, que me permita cerrar, de forma elegante, la estructura del mensaje, engarzando comienzo con final.
Pero, busco en el índice onomástico de los diarios de Virginia Woolf, y no hay suerte; hago lo propio con su biografía, a cargo de Quentin Bell, y tampoco hay éxito. Así que lo que esperaba que fuera un círculo se tendrá que conformar con ser un segmento.
FIN.