Acerca de las lectoras








El tercer artista “invitado” dentro de esta serie es el ilustrador belga Ever Meulen.

Por suerte para mis pacientes y sufridos lectores, la anotación termina aquí; no hay, esta vez, texto ni cita.
Podría decir que la extensa entrada, recien publicada, sobre Henry James ha agotado mis energías por hoy; pero, la verdad es que apenas conozco ningún dato de este ilustrador que no sea fácilmente localizable vía, por ejemplo, google (por no saber, hasta desconozo el título y fecha del dibujo que aparece más arriba).
[...] Pero si va a escribir prosa, entonces tal vez deba lanzarse a por todas y convertirse en jamesiano. Henry James muestra como situarse por encima de la mera nacionalidad. De hecho, no siempre queda claro el escenario en que transcurren sus obras, si es Londres, París o Nueva York, hasta tal punto James está supremamente por encima de los aspectos prácticos de la vida cotidiana. La gente de las obras de James no tiene que pagar el alquiler; desde luego, no tiene que aferrarse a un trabajo; lo único que se les exige es que mantengan conversaciones supersutiles que desencadenarán minúsculos trasvases de poder, cambios tan mínimos como invisibles para todos excepto para el ojo experimentado. Cuando ha tenido lugar un número suficiente de tales cambios, se revela que el equilibrio de poder entre los personajes de la historia (Voilà!) ha cambiado de modo repentino e irreversible. Eso es todo: la historia ha cumplido su misión y puede terminar.
Se pone ejercicios al estilo de James. Pero el estilo jamesiano resulta menos fácil de dominar de lo que había pensado. Conseguir que los personajes con los que sueña mantengan conversaciones supersutiles es como intentar que los mamíferos vuelen. Por un instante, tal vez dos, agitan los brazos, se sostienen en el aire. Luego se desploman.
La sensibilidad de James es más refinada que la suya, no cabe duda [...]
Este fragmento del segundo de los libros autobiográficos de Coetzee me parece más que acertado (y, por descontado, mucho mejor que cualquier intento que yo pudiera realizar) para describir la obra de Henry James: personajes, caracterizados fuertemente por algún rasgo determinante de su personalidad, con conversaciones supersutiles, las cuales dirigen el avance de la novela o relato.
Todo esto viene a cuento porque esta mañana he leído la última de las pequeñas novelas (o relato largo, aunque tampoco excesivamente largo) de Henry James que viene publicando Funambulista, “Cuatro encuentros”; la cual, no podría ser de otra forma, sigue a pies juntillas este esquema. Sirva como ejemplo la primera página:
No la vi más que cuatro veces, pero las recuerdo con absoluta claridad; me causo una gran impresión. Me pareció muy guapa y muy interesante: un ejemplar conmovedor de una especie con lo que había tenido otros, y quizás no tan encantadores, encuentros.
Siento mucho saber que ha muerto, y no obstante, si lo pienso bien, ¿por qué lo habría de sentir? ¡La última vez que la vi, ella no estaba ni mucho menos…! Pero será mejor presentar nuestros encuentros por su debido orden.

Personajes que James parece extraer del “teatro de la vida” para volcarlos a sus novelas donde, forzando su actuación hasta las últimas consecuencias, interpretarán su papel.
De Henry James puede decirse que fue desdichado y feliz por el mismo motivo, a saber: era un espectador de la vida, apenas participaba de ella, o al menos no de sus aspectos más llamativos y emocionantes. En cambio llevó durante muchos años una vida social intensísima y de lo más entretenida, hasta el punto de que en una sola temporada, la de 1878-1879, fue invitado a cenar (y aceptó) ciento cuarenta veces computadas.
Pd.: también se cita a Henry James en el artículo “El arte de la ficción”, recopilado en otro de los libros que he acabado hace poco, “Horas en una biblioteca” de Virginia Woolf.
Esta recopilación de pequeños ensayos y críticas literarias está dedicado en su mayor parte (el anterior es casi una excepción) a biografías, memorias, diarios y epistolarios. De los dos últimos géneros parece que, con internet, se verán pocos, ocupando su papel los blogs y el correo electrónico, más informales y de (salvo casos contados) difícil recopilación y publicación en papel.
El cartel es la expresión gráfica del arte de nuestro tiempo que no cabe en los museos, en las iglesias, ni en las casas particulares e invade la vía pública convirtiendo los lugares de anuncio en exposición permanente desde la que más de una obra maestra se disputa la mirada del transeúnte. Es el arte de la plena luz, el arte de la calle, franco, inteligible para todos.



A partir de mañana, y hasta el 30 de septiembre, se puede ver la exposición “El cartel moderno en las colecciones del Museu Nacional d’Art de Catalunya” en el MNAC.
Casualmente yo estoy, por cuestiones laborales, hasta mañana en Barcelona, a unos pocos metros del MNAC. Pero, me temo, no tendré un hueco para escaparme y ver la exposición.
Hacía bastante tiempo, más o menos un año, que no escribía un artículo nuevo en la Wikipedia, si acaso alguna pequeña modificación de alguno ya existente.
Anoche creé la entrada dedicada a la “Hogarth Press”, la editorial creada por Leonard y Virginia Woolf.
En su estado actual, salvo pequeñas aportaciones, está basado en la entrada de la Wikipedia en inglés. Será cuestión, en los próximos días, de ir ampliándolo.
Dejando a un lado la necesidad de ganarse la vida, creo que son cuatro los grandes motivos que hay para escribir, al menos en prosa. Existen los cuatro en distintos grados en cada escritor, y en cualquier escritor varía la proporción según el momento en que se halle y el ambiente en que viva. Son los siguientes:
1. Egoísmo puro y duro.
Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse de los adultos que abusaron de uno en su niñez, etc.
Es una paparrucha fingir que éste no es un motivo, porque además es de los más potentes. Los escritores tienen en común esta característica con los científicos, los artistas, los políticos, los abogados, los soldados, los empresarios de éxito, esto es con lo más granado del género humano. La gran mayoría de los seres humanos no tiene un egoísmo agudo. Pasados los treinta, más o menos, renuncian a la ambición individual –en muchos casos, abandonan casi del todo la idea de ser individuos– y viven sobre todo para los demás, o bien quedan aplastados por el tedio y la monotonía. Pero hay además una minoría de personas dotadas, voluntariosas, obstinadas incluso, decididas a vivir su propia vida hasta el final, y a esta clase pertenecen los escritores. Los escritores serios, debiera decir, son en conjunto más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque el dinero les interesa menos.2. Entusiasmo estético
La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y en su adecuada disposición. El placer ante el impacto de un sonido y otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno considera de gran valor, que entiende que no debe perderse nadie. El motivo estético es muy feble en muchos escritores, pero incluso el panfletista o el autor de manuales tendrán sus palabras y sus expresiones predilectas, las que le atraen por motivos en modo alguno utilitarios. Puede tener también inclinación hacia la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Por encima del nivel de una guía ferroviaria, ningún libro es del todo ajeno a las consideraciones estéticas.
[...]
La segunda anotación de esta serie está dedicada Chris Ware.

Al igual que en la anterior, la centrada en Max, en cuanto a texto propio, me remito a la entrada que escribí en su momento para la Wikipedia.
En cuanto a texto ajeno, copio y pego este:
La obra de Chris Ware está llena de instantes múltiples que crecen en cada viñeta. La viñeta es como la llave que abría mil puertas en los versos del poeta chileno Vicente Huidobro. Sin saberlo, Ware sigue las pautas creativas del Arte Poética de Huidobro que en 1916 nos recordaba que todo poeta era un pequeño dios. Ware crea todo lo que ven sus ojos y los lectores que descubren sus viñetas quedan con el alma temblando. Al igual que Huidobro sugería, Ware inventa mundos nuevos y cuida sus palabras, que son trazos de lápiz y de tinta, que son letras diminutas, líneas paralelas o pequeños círculos. El adjetivo que a veces mata en un verso, también puede quebrar una línea, una viñeta, deshacer el ritmo de la página.
He visto florecer la tristeza en las viñetas de Chris como si fuese la rosa que debería florecerle a los poetas. Ware se hermana con los poetas y se convierte en el dios de todos los instantes que habitan en su mesa de dibujo, y desde ese abismo, se compromete a hacer florecer todo lo que anida en su cabeza.
Recuerdo ahora el atardecer de un octubre veneciano, ni más ni menos hermoso que otros muchos atardeceres que viera un muy distintos lugares, y que siempre contemplara, más que arrobado -aunque me embriagara, como a cualquiera, su despliegue suntuoso-, más que embelesado, un tanto perplejo y expectante, como en espera de una… palabra suya. Aquel día tuve muy clara la sensación de encontrarme más cerca. Estaba en la Piazzetta mirando hacia la isla de San Giorgio, en donde el sol daba -duraba- un poco como siempre y un poco distinto también -como siempre-, es decir, con esa especie de puntualidad variada que suele tener allí la luz al estancarse, para luego irse hacia dentro y desaparecer en sí misma. Todo lo demás había ido, poco a poco, hundiéndose en la sombra como en una agua oscura, y el sol -un sol que se diría espesado, apretado, repleto de experiencia, de antigüedad vigente, presente- se aferraba a unos puntos estratégicos, culminantes: aquella cúpula y aquel campanile del Palladio recibían un sol aún muy vigoroso, pero que no disponía ya de tiempo para desplazarse a otras cúpulas, a otras torres, y todo aquel mármol tan liso -por el que había resbalado hasta entonces la luz-, ahora, por el contrario, parecía una esponja o una tierra sedienta; esa luz encharcada, inmovilizada allí, no podía ya irse, sino dejarse beber, embeber. En realidad, no quedaba ya nada que pudiera seguir llamándose luz, sino más bien color, un color que iba, segundo a segundo, enmudeciendo, pero de una mudez acumulada y rica.

A la hora de la puesta de sol, todas las ciudades parecen maravillosas, aunque unas más que otras. Los relieves se vuelven más flexibles, las columnas más rotundas, los capiteles más rizados, las cornisas más resueltas, las agujas más definidas, los nichos más profundos, los apóstoles parecen cubrirse con nuevos ropajes y los ángeles hacerse más ligeros. Oscurece en las calles pero aún es de día para la Fondamenta y ese inmenso espejo líquido en el que las motoras, los vaporetti, las góndolas, los botes y las barcazas, “como viejos zapatos dispersos”, pisotean con cuidado fachadas barrocas y góticas, sin escatimar tu propio reflejo o el de una nube pasajera. “¡Píntalo!”, susurra la luz de invierno, detenida de golpe por el muro de ladrillo de un hospital o al llegar a casa, en el paraíso del frontone de San Zaccaria, una vez terminado su largo viaje a través del cosmos. Y sientes el cansancio de esta luz cuando descansa en las conchas de mármol de Zaccaria cerca de una hora más, mientras la tierra ofrece su otra mejilla a la luminaria. Ésta es la luz del invierno en su momento de máxima pureza. No porta calor o energía, que ha derramado y dejado atrás, en algún lugar del universo, o en los cúmulos más cercanos. La única ambición de sus partículas es alcanzar un objetivo, grande o pequeño, y hacerlo visible. Es una luz privada, la luz de Giorgionne o de Bellini, no la de Tiépolo o Tintoretto. Y la ciudad se aferra a ella, saboreando su tacto, la caricia del infinito del que vino. Después de todo, un objeto es lo que hace del infinito algo privado.