Anotaciones publicadas en Agosto de 2007

Acerca de la traducción

[…] La naturaleza había creado una vez a un inglés cuya cabeza en forma de cúpula había sido una colmena de palabras; un hombre que sólo tenía que exhalar una partícula de su extraordinario vocabulario para que esa partícula cobrara vida, se expandiera y de ella brotaran trémulos tentáculos hasta que se convertía en una imagen compleja, con un cerebro que late y sus extremidades pertinentes. Tres siglos más tarde, otro hombre, en otro país, intentaba reproducir esos ritmos y metáforas en una lengua distinta. Este proceso implicaba una cantidad ingente de arduo trabajo, cuya necesidad no podía justificarse con ninguna razón. Era como si alguien, tras haber visto un roble (más adelante denominado Individuo A) que crecía en cierta tierra y proyectaba su propia y única sombra sobre el suelo verde y marrón, hubiera procedido a erigir en su jardín una maquinaria prodigiosamente intrincada que, en sí, se parecía tan poco a ese árbol o a cualquier otro como la lengua y la inspiración del traductor se parecen a las del autor original, pero que, mediante la ingeniosa combinación de piezas, efectos de luz y máquinas que producen viento, podría, una vez terminada, proyectar una sombra exactamente similar a la del Individuo A: el mismo contorno, los mismos cambios, con las mismas manchas sencillas y dobles de los soles ondulándose en la misma posición a la misma hora del día. Desde un punto de vista práctico, tal pérdida de tiempo y material (¡esos dolores de cabeza, esos triunfos a media noche que resultan ser desastres a la sobria luz de la mañana!) bordeaba lo absurdo, dado que la mayor obra maestra de la imitación presuponía una imitación voluntaria del pensamiento, un acto de sumisión al genio de otro hombre. […]

“Barra siniestra”, Vladimir Nabokov, 1947. Traducción de Vicente Campos.

¿Qué pensaria Vicente Campos, el traductor del anterior fragmento, cuando estaba trabajando en él? ¿Un sonrisa irónica, ante el mensaje dejado por Nabokov, o una pequeña sensación de frustración por algo que, en el fondo, él mismo también comparte?

¿Y Nabokov? ¿Compartía, todo o parte, lo que pone en boca de su personaje (téngase en cuenta que lo anterior es un fragmento de una novela), o este era autónomo?.
No olvidemos que, por aquella época, Nabokov abandonaba su lengua nativa y comenzaba a escribir en inglés (esta es su segunda novela escrita originalmente en dicha lengua); además, ya se había encargado de traducir algunas de sus novelas anteriores, rusas, tras los decepcionantes (para él) resultados de las traducciones realizadas por terceros.

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Acerca del kimono

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“Colgando el mosquitero”, Itō Shinsui, 1930.

Fantástica combinación de colores la del estampado la del kimono, el mosquitero y la nivea piel de la joven, con el fondo y el pelo estableciendo el contrapunto.
(Inciso: viendo esta imagen con la curva que adopta el mosquitero junto a la gama cromática elegida, me viene inmediatamente a la memoria la famosa ola frente al Fuji.)

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Acerca de las divagaciones

Aunque me he afanado con enorme celo, amable lector, y me he esforzado con gran ardor (en la medida en que me lo han permitido el escaso talento que Dios me ha otorgado y el tiempo que otras cuestiones de indudable provecho y saludable distracción me han dejado libre) por que estos libritos que en tus manos pongo pudieran hacer a la perfección las veces de otros muchos libros de mayor tamaño -he de reconocer, sin embargo, que siempre me he dirigido a ti de una manera tan caprichosa, despreocupada y juguetona que ahora me causa una vergüenza mortal implorar seriamente tu condescendencia– y rogarte que me creas si te digo que [...] que mi libro no va contra la predestinación, o el libre albedrío, o los impuestos.-De ir contra algo,-es, con el permiso de sus señorías, contra el bazo, a fin de que, mediante elevaciones y depresiones más frecuentes y más convulsivas del diafragma, y también mediante las sacudidas que reciben los músculos intercostales y abdominales al reir, la bilis y demás jugos amargos pasen (junto con el resto de las pasiones hostiles de estos órganos) de la vesícula biliar, del hígado y del páncreas de los súbditos de su majestad a sus respectivos duodenos.

“La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, volumen IV, Laurence Sterne, 1761. Traducción de Javier Marías.

Copiar aquí un fragmento, siempre alocado, del “Tristram Shandy” es la excusa perfecta para volver a la actividad después de casi dos semanas sin ninguna entrada. Y es que, no voy a descubrir nada nuevo, la novela de Sterne se merece el dedicarle unos minutos (y mucho más, claro; pero, por mi parte, hoy serán solamente unos minutos).

La leí por primera vez hace ya unos años; supongo que, en su momento, me acerqué (transitivamente) a ella a causa de la devoción que siente Javier Marías (cuando le preguntan, la cita como su novela preferida, y con ella ganó, allá por 1979, el Premio Nacional de Traducción). Desde entonces mi aprecio por el “Tristram Shandy” no requiere de intermediarios: la he leído unas cuantas veces, la he recomendado, la he prestado y la he regalado.

[...] una de esas novelas que constituye por sí misma un cosmos y un compendio de la cultura de su época, pero que sólo puede leerse en vacaciones, cuando uno tiene la sensación de disponer de muchísimo tiempo para la lectura y le apetece interrumpirla en cualquier momento con una comida o un baño: “Tristram Shandy” (1760-1767) de Laurence Sterne (1713-1768). El tema de esta novela es precisamente la interrupción. Su mismo protagonista es fruto de un coitus interruptus. En ella cada historia queda interrumpida por la narración de la historia y cada acción por la planificación de la acción. Lo mismo le ocurre a la propia novela, que relata la vida de su narrador, Tristram Shandy, y por lo tanto es una autobiografía ficticia. Para explicar cada uno de los episodios, el narrador se ve obligado a remontarse a una historia anterior, con lo que la narración, en vez de avanzar, acaba siempre retrocediento. En todo un año, el narrador sólo consigue llegar hasta el día de su nacimiento.
[...] El libro esta lleno de una erudicción estrafalaria y rebosa de alusiones obscenas, que ilustran la convicción de Sterne de que no puede haber una comunicación absolutamente libre de ambigüedad.
[...] En resumen, “Tristram Shandy” es una de las novelas más extrañas, inteligentes e ingeniosas que jamás se hayan escrito. Para leerla, hace falta tener una sola cosa: tiempo.

“La cultura”, Dietrich Schwanitz
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Ilustración del tio Toby incluida en una edición de 1848. En la firma aparece el nombre “Darley”.

En una entrada dedicada a una novela cuyo tema son las divagaciones y asociaciones de ideas, no debería dejar de hacerlo yo (máxime cuando lo he hecho en otras que no lo requerían). Pero no voy a ir muy lejos en este caso (casi no merece llamarse “divagación”), simplemente saltamos de medio y llegamos al cine.
Y es que, desde hace unos meses mantengo la duda de si comprar o no “Tristram Shandy: A cock and a bull story”, la versión (?) que Michael Winterbottom rodó de la novela “unfilmable” (perdón por la falta de traducción de este adjetivo, pero no se me ocurre ninguna alternativa suficientemente adecuada… y creo que se entiende).
La duda viene de que la versión que está a la venta es en inglés (no tengo muy claro cuanto llegaría a entender y cuanto se perdería por el camino)… pero es que tiene pinta de ser (casi) tan disparatada y divertida como la novela (y guardo tan pocas esperanzas de que la editen en castellano).
¿Alguien la ha visto?

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Nota: me ha dado por anotar acerca de la novela de Sterne, tras ver en “Flora y Fauna” que N. se dispone, en breve, a leerla (casi me ha dado envidia, la posibilidad de descubrirla por primera vez).

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Acerca de lo sueco

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“Mañana de verano”, Carl Larsson, 1908.
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“Carrera de botes”, Anders Zorn, 1886.

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Acerca de Dios y las novelas

- ¿Entonces vos de verdad no creéis en Dios?
- No encuentro motivos para ello en la naturaleza. Ni soy el único. Estrabón nos dice que los galicianos no tenía noción alguna de un ser superior. Cuando los misionarios tuvieron que hablar de Dios a los indígenas de las Indias Occidentales, cuéntanos Acosta (que bien era jesuita), tuvieron que usar la palabra española Dios. No lo creeréis, mas en su idioma no existía ningún término adecuado. Si la idea de Dios no es conocida en estado de naturaleza, debe de tratarse, pues, de una invención humana… Pero no me miréis como si no tuviera sanos principios y no fuera un fiel servidor de mi rey. Un verdadero filósofo no demanda en absoluto subvertir el orden de las cosas. Lo acepta. Pide sólo que le sea permitido cultivar los pensamientos que consuelan a un ánimo fuerte. Para los demás, suerte que haya papas y obispos que refrenan a las muchedumbres de la rebelión y el delito. El orden del Estado exige una uniformidad de la conducta, la religión es necesaria al pueblo y el sabio debe sacrificar parte de su independencia para que la sociedad se mantenga firme. Por lo que a mí respecta, creo ser un hombre probo: soy fiel a los amigos, no miento, sino cuando hago una declaración de amor, amo la sabiduría y hago, por lo que dicen, buenos versos. Por esto las damas me juzgan galante. Quisiera escribir novelas, que están más de moda, mas pienso en muchas, y no me apresto a escribir ninguna…
- ¿En qué novelas pensáis?
- A veces miro la Luna, e imagino que aquellas manchas son cavernas, ciudades, ínsulas, y los lugares que resplandecen son aquellos donde el mar recibe la luz del sol como el cristal de un espejo. Quisiera contar la historia de su rey, de sus guerras y de sus revoluciones, o de la infelicidad de los amantes de allá arriba, que en el curso de sus noches suspiran mirando nuestra Tierra. Me gustaría contar de la guerra y de la amistad entre las varias partes del cuerpo, los brazos que dan batalla a los pies, y las venas que hacen el amor con las arterias, o los huesos con la médula. Todas las novelas que quisiera hacer me persiguen. Cuando estoy en mi aposento me parece que están todas en derredor mío, como unos Diablillos, y que una me tira de una oreja, la otra de la nariz, y que cada una me dice “señor, hágame, soy bellísima”: Luego doy en la cuenta de que pueden contarse una historia igualmente bella inventando un duelo original [...]

“La isla del día de antes”, Umberto Eco, 1994. Traducción de Helena Lozano Miralles.

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Acerca de los pinceles

Desde hace unas semanas el DVD de “De profundis” esperaba paciente, apilado junto a otros de su especie, la llegada de mis vacaciones y la posibilidad que estas conllevan de poder sentarse con toda la tranquilidad del mundo a ver una película que requiere un estado de ánimo calmado.
(Si fuera a escribir un comentario de la misma, que no lo voy a hacer, diría que ha terminado gustándome bastante, aunque me costó un ratillo entrar en el ritmo pausado de la misma).

Aunque pueda parecer una minucia, otro más de esos extras con que se llenan las ediciones de las películas intentando en vano minimizar el pirateo, una de las cosas que más termino disfrutando (como ya ocurriera también con “Immortel” de Enki Bilal) es ver un reportaje que muestra al autor dibujando.
Ese movimiento casi automático de la mano armada con un pincel o un lapicero, que en vez de crear desde cero pareciera sacar del papel, sin esfuerzo, de forma instintiva, un dibujo que ya estuviera ahí (como dijera Miguel Ángel: “Podía ver a David dentro del bloque de mármol. Todo lo que tenía que hacer era quitar todo lo que no fuera David”), maravilla al tiempo que se convierte en objeto de odio, cegado uno por la envidia ante un don que nunca poseerá.

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Miguelanxo Prado y Enki Bilal, pinceles en mano, en sendos fotogramas extraidos de los extras de “De profundis” e “Immortel”.

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