Anotaciones publicadas en Octubre de 2007

Acerca de las versiones

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“Asídua del Moulin de la Galette”, Ramón Casas, 1891.
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“En el Moulin de la Galette”, Ramón Casas, 1892.
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“Joven con adorno de piel”, Henri de Toulouse-Lautrec, 1891.
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“En los caballitos del Parque del Moulin de la Galette”, Santiago Rusiñol, 1891.

Aún pasando por el pincel de varios artistas, no es difícil llegar a la conclusión de que detrás de todos los retratos está la misma modelo: Madeleine de Boisguillaume (aunque, en el de Toulouse-Lautrec, exiten dudas de si es esta o Jeanne Fontaine).

Casualmente, por mero gusto, hace un par de días buscaba por google alguna pintura de Ramón Casas y/o Rusiñol para colgarla aquí, aunque no llegué a hacerlo.
Ayer, en la revista de un avión que me traía a Barcelona, descubro que hasta el domingo había, en el Liceu, una exposición dedicada a las mujeres pintadas por Casas, cuyo cartel es el segundo de los lienzos. Mirando algo más, encuentro que la modelo aparece en otros cuadros, todos ellos más que recomendables; ya no me queda duda: hay material para una anotación.

Nota I: No es la primera vez que me pasa algo así en uno de mis blogs; ya publiqué distintos retratos de Madame Récamier (1, 2 y 3).
Nota II: Las reproducciones de los lienzos las he sacada de este monográfico dedicado a Toulouse-Lautrec, que tiene una pinta estupenda, y que merece una visita detallada por mi parte (en unas horas menos intespectivas, eso sí).

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Acerca de la cocina (del sol)

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“Vieja friendo huevos”, Diego Velazquez, 1618.

Como decía aquel antiguo anuncio de Citroën, estamos de lanzamiento.
Y es que hoy es el día en que, junto a unos cuantos amigos, queremos anunciar el nacimiento de “Cocina del sol”, un blog culinario.
Basicamente iremos publicando recetas (algunas de ellas, profusamente ilustradas) y, de vez en cuando, alguna cita literaria relacionada con el mundo de la cocina.

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Os invito (perdonad el autobombo) a visitarlo: http://www.cocinadelsol.com/

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Acerca del significado

¿Por ejemplo? Pues, por ejemplo, lo que significa ser un hombre. En una ciudad. En un siglo. En transición. En una masa. Transformado por la ciencia. Bajo un poder organizado. Sometido a controles tremendos. En el estado resultante de la mecanización. Después del último fracaso de las esperanzas radicales. En una sociedad que no era una comunidad y devaluaba a la persona. Debido al poder multiplicado de número que volvían desdeñable al individuo. Que destinaba miles de millones a gastos militares contra un enemigo extranjero pero que no pagaba por mantener el orden nacional. Que permitía el salvajismo y la barbarie en sus grandes ciudades. Al mismo tiempo, la presión de millones de seres humanos que han descubierto lo que pueden hacer los esfuerzos y los pensamientos coordinados. De igual manera que los megatones de agua moldean organismos en el lecho oceánico. Que las mareas pulen las piedras. Que los vientos horadan acantilados. La hermosa supermaquinaria que abre una nueva vida a la innumerable humanidad. ¿Les negarás el derecho a existir? ¿Les pedirás que trabajen y sufran hambre cuando tú disfrutaste de valores anticuados? Tú…, tú mismo eres hijo de esta masa y hermano de todo lo demás. De lo contrario eres un ingrato, un diletante, un idiota. Ahí, Herzog, pensó Herzog, puesto que has pedido un ejemplo, ahí lo tienes.

“Herzog”, Saul Bellow, 1964.

El anterior texto es la (larga) cita que coloca Ian McEwan al comienzo de “Sábado”, del que ya copié un fragmento en la anterior anotación.
Otro libro más a colocar en la (en este momento, mental) lista de pendientes.

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Acerca de las ventanas (y ii)

De nuevo, al igual que en la anotación anterior, dos personajes se asoman a su ventana; ahora, ambos en Londres, ambos en la actualidad, en una noche más o menos avanzada.
Sin embargo, esta vez, no nos sentimos observados, sino que somos nosotros los que nos colocamos a su espalda y miramos con ellos, vemos lo que ellos.

Se inclina hacia delante, descansa todo su peso en las palmas contra el alféizar y exulta ante el vacío y la claridad de la escena. Su vista –siempre buena- parece haberse aguzado. Ve relucir la mica del enlosado en la plaza peatonizada, donde el frío y la distancia han convertido los excrementos de palomas en algo casi hermoso, como nieve dispersa. Le gusta la simetría de los postes negros de hierro fundido y sus sombras aún más oscuras, y la celosía de las alcantarillas de adoquines. Los cubos desbordantes de basura sugieren abundancia más que escasez; los bancos vacíos alrededor de los jardines circulares parecen esperar con benevolencia el trasiego cotidiano: oficinistas en la alegre hora del almuerzo, los chicos solemnes y aplicados de la residencia india de estudiantes, amantes en crisis o en callados raptos, el trapicheo vespertino de camellos, la anciana decrépita y sus gritos feroces, inquietantes.

“Sábado”, Ian McEwan, 2005. Traducción de Jaime Zulaika.

Miro por la ventana de mi apartamento amueblado ingenuamente por alguna mujer inglesa a la que nunca he visto, mientras cuelgo y descuelgo y marco y de nuevo cuelgo, miro la noche perezosa de Londres a través de la Square o plaza que se va desdoblando de los seres activos y de los decididos pasos para que la vayan tomando durante un rato –un interregno- los inactivos con su paso errático que los conduce ahora hasta las papeleras y los cubos en los que hunden sus cenicientos brazos rebuscando tesoros invisibles para nosotros o el fortuito salario de su jornada sobrevivida, cuando aún no es noche cerrada pero desde luego tampoco es día, o cuando todavía es hoy para los que regresan a casa o se visten de farra para abandonarla, pero ya es ayer para quienes van y vienen sin orientarse nunca. Alzo la vista para buscar y seguir mirando el mundo orientado y vivo al que seguro que aún pertenezco […]

“Tu rostro mañana / I. Fiebre y lanza”, Javier Marías, 2002.

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Acerca de las ventanas

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“Joven campesina con tres niños en la ventana”, Ferdinand Waldmüller, 1840.
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“Dos mujeres en la ventana”, Esteban Bartolomé Murillo, c. 1655-60.

Podría pensarse, invirtiendo el sentido de la mirada, que esta anotación no es sino una casa de dos plantas en cuya encalada pared se incrustan sendos marcos de ventanas desde donde se asoman diversas figuras a ver pasar a los paseantes lectores.
Pero no son todas ellas iguales, cada una con su edad, cada una con su expresión y su intención, más inocente o más atrevida, delatada por su sonrisa y el brillo de sus ojos, tal vez por una palabra que nos lancen.
Será labor de cada uno el corresponder, o ignorar, de la forma que estime oportuna, con un saludo o una sonrisa, un movimiento de cabeza o una charla, la atención que se nos dedica…

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Acerca de la línea (iv)

Aunque ya hace unos tres meses de aquello (sólo se acordarán los más viejos del lugar), comencé aquí una serie de anotaciones bajo el título genérico de “Acerca de la línea”. Prevista para seis entradas, hasta ahora sólo las tres primeras estaban publicadas (las dedicadas a Max, Chris Ware y Ever Meulen).

Esta, la que hace la número cuatro, es la correspondiente a Pere Joan.

Aunque algunas viñetas estén cargadas de sombras, la referencia a la línea clara es una constante en mi dibujo. La línea clara es para mí, también, la línea blanda. No sólo el mundo de los sueños tiene una textura inasible, escurridiza, sino que nuestra forma de percibir las cosas también lo es. Somos torpes. Vemos el espejo deformado y llegamos creer que las cosas -¡incluso las personas!- no cambian, porque de lo contrario no las reconocemos. Yo reclamo la posibilidad de ver las cosas como si leyéramos en el interior de una pecera, en un mundo blando donde todo se mueve y todo está contaminado de otros.

De la introducción del album recopilatorio “El hombre que se comió a sí mismo”, Pere Joan, 1999.

La ilustración, de obligada presencia, (y de la que, nuevamente, ignoro título y fecha) es esta:

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Acerca de Mario

Cuando me jubile, creo que no escribiré más en este diario, porque entonces me pasarán sin duda muchas menos cosas que ahora, y me va a resultar insoportable sentirme tan vacio y además dejar de ello una constancia escrita. Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía, se relaje de a poco y se acostumbre a bien morir. Pero no. Hay momentos en que tengo y mantengo la lujosa esperanza de que el ocio sea algo pleno, rico, la última oportunidad de encontrarme a mí mismo. Y eso sí valdría la pena anotarlo.

“La tregua”, Mario Benedetti, 1960.

El fragmento anterior ha terminado aquí, casi, de casualidad.
Por razones que no vienen a cuento quería copiar algo de Mario Benedetti, y el único libro suyo que tengo es este, “La tregua”.

Lo leí hace tiempo (recomendado por alguien para quien es uno de sus libros de cabecera), pero no recuerdo nada de él (eso, aclaro, sólo dice cosas malas de mí, no del libro, mi memoria para las lecturas es bastante pobre; no es por tanto indicativo de nada). El hojearlo en busca de un fragmento, la lectura salteada de un párrafo aquí y otro acá, así como el texto de contraportada me indican que muy alegre no debe de ser (pero bueno, mi intención no era el libro en sí, sino el autor).

Al final copio el párrafo que aparece arriba porque me parece adecuado para romper una pausa de casi dos semanas sin anotar aquí (y eso que mi jubilación aún no ha comenzado)

Para M, E y C
(aunque no lean esto, uno seguro, y los otros dos probable)

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