A priori suelo ser bastante reacio a regalar libros: en parte por ser la solución más fácil y, en parte, porque además del presente, se entrega a otro la “obligación” de dedicarle unas horas al volumen (otros regalos son más fáciles de arrinconar; pero con el libro, además del presente, hay un “robo” de tiempo).
Sin embargo, a posteriori, uno sigue regalando libros una vez tras otra: ya sea porque la imaginación no me da para más o porque creo que, realmente, el elegido será del completo gusto del agasajado.
[...] No sé cómo lo hará la gente. Puedo uno escoger una corbata, una colonia, unos billetes de avión, una botella de whisky, equivocarse, y que no pase nada. Pero, ¿cómo equivocarse en un libro? Equivocarse en un libro es como confundir el frasco del tónico con el del purgante o el del arsénico. Un libro es como un trozo de pan, como un poco de aire, como un vaso de agua, alimento más que golosinas, que siempre acaban ensuciando el estómago. Nadie regalaría un trozo de pan, la gente regala vino pero no agua, no hay nadie que sea dueño del aire que se respira, y sin embargo todas esas cosas y más son los libros, aunque es verdad que son muy pocos los libros que llegan a ser todas esas cosas a la vez. ¿Cuántos? ¿Cien, doscientos, quinientos? Así que algo como regalar un libro, tan íntimo y delicado, acaba siendo más o menos sencillo: uno de esos cien, doscientos, quinientos libros conocidos o alguno de esos cien, doscientos, quinientos que aún no conocemos y nos esperan.
Durante la guerra el piso de López-Picó fue saqueado reiteradas veces. Lo contaba hace unas semanas Carlos Pujol en una preciosa semblanza del poeta catalán. Su caudalosa biblioteca fue en parte vaciada. Uno de los anarquistas que procedía a la requisa dijo: “Demasiados libros para un hombre solo”. Creo que tenía razón. Pero uno, se advertía al principio de esta página, está lleno de contradictorios impulsos cuando se habla de libros, proque cree que ya tiene demasiados en su propia biblioteca, y sin embargo sigue buscando algunos con afán y acopiándolos con amor, y ahora, en estos días, regalándolos y deseando que alguien le regale a él también ese trozo de pan, de aire y de agua que cree faltarle, que él mismo busca y no encuentra.
“Mar sin orilla”, Andrés Trapiello, 2002.
Ilustración de Dupuy y Berberian, 1997.
Pd.: El volumen del que están copiadas esas lineas lo compré hace un par de días en unas casetas de libros de ocasión. La verdad es que no me suelo parar mucho en ellas, pero esta vez, lo hice e, incluso, terminé comprando. Supongo que a Trapiello, fiel comprador en este tipo de locales, no le importaría que compre su obra saldada.