Anotaciones publicadas en Noviembre de 2007

Acerca de la agenda

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Mi calendario tiene tres casillas marcadas con sus correspondientes aspas rojas, bien visibles, por obra y gracia de tres de los santos patrones de estas anotaciones.

Agenda pasada: no es que haga falta repetirlo, pues ha salido en todos los medios (sí, incluso en la prensa escrita y los telediarios), pero por si alguien aún no lo supiera se deja constancia aquí, el lunes se concedió a Max el primer Premio Nacional de Cómic.
Agenda presente: en Sevilla, del 23 de noviembre al 20 de enero, “Literatura ilustrada”, una exposición de 80 originales de Fernando Vicente realizados para distintas publicaciones literarias (principalmente “Babelia”). Y, mañana, presencia del autor en la inaguración.
Agenda futura: según la web de la Fnac, el 7 de diciembre estará a la venta la edición española de “Tristram Shandy. A cock and a bull story”, la adptación (?) de la novela de Laurence Sterne por M. Winterbottom.

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Acerca de regalar libros

mouette.jpgA priori suelo ser bastante reacio a regalar libros: en parte por ser la solución más fácil y, en parte, porque además del presente, se entrega a otro la “obligación” de dedicarle unas horas al volumen (otros regalos son más fáciles de arrinconar; pero con el libro, además del presente, hay un “robo” de tiempo).
Sin embargo, a posteriori, uno sigue regalando libros una vez tras otra: ya sea porque la imaginación no me da para más o porque creo que, realmente, el elegido será del completo gusto del agasajado.

[...] No sé cómo lo hará la gente. Puedo uno escoger una corbata, una colonia, unos billetes de avión, una botella de whisky, equivocarse, y que no pase nada. Pero, ¿cómo equivocarse en un libro? Equivocarse en un libro es como confundir el frasco del tónico con el del purgante o el del arsénico. Un libro es como un trozo de pan, como un poco de aire, como un vaso de agua, alimento más que golosinas, que siempre acaban ensuciando el estómago. Nadie regalaría un trozo de pan, la gente regala vino pero no agua, no hay nadie que sea dueño del aire que se respira, y sin embargo todas esas cosas y más son los libros, aunque es verdad que son muy pocos los libros que llegan a ser todas esas cosas a la vez. ¿Cuántos? ¿Cien, doscientos, quinientos? Así que algo como regalar un libro, tan íntimo y delicado, acaba siendo más o menos sencillo: uno de esos cien, doscientos, quinientos libros conocidos o alguno de esos cien, doscientos, quinientos que aún no conocemos y nos esperan.
Durante la guerra el piso de López-Picó fue saqueado reiteradas veces. Lo contaba hace unas semanas Carlos Pujol en una preciosa semblanza del poeta catalán. Su caudalosa biblioteca fue en parte vaciada. Uno de los anarquistas que procedía a la requisa dijo: “Demasiados libros para un hombre solo”. Creo que tenía razón. Pero uno, se advertía al principio de esta página, está lleno de contradictorios impulsos cuando se habla de libros, proque cree que ya tiene demasiados en su propia biblioteca, y sin embargo sigue buscando algunos con afán y acopiándolos con amor, y ahora, en estos días, regalándolos y deseando que alguien le regale a él también ese trozo de pan, de aire y de agua que cree faltarle, que él mismo busca y no encuentra.

“Mar sin orilla”, Andrés Trapiello, 2002.
Ilustración de Dupuy y Berberian, 1997.

Pd.: El volumen del que están copiadas esas lineas lo compré hace un par de días en unas casetas de libros de ocasión. La verdad es que no me suelo parar mucho en ellas, pero esta vez, lo hice e, incluso, terminé comprando. Supongo que a Trapiello, fiel comprador en este tipo de locales, no le importaría que compre su obra saldada.

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Acerca de Nabokov (ii)

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Ilustración de Fernando Vicente, publicada en “Babelia” el 10 de noviembre de 2007.

El sábado coincidían en “Babelia” dos de las debilidades de esta casa: una ilustración de Nabokov realizada por Fernando Vicente.
No hace falta más para incitarme a publicar una anotación; basta encontrar un par de citas con las que adornar el dibujo, y trabajo hecho (por otros, claro, que uno sólo vuelca aquí un pequeño proceso de búsqueda que no le supone sino diversión).

La primera cita la saco directamente del artículo en el que se ubica la ilustración:

“Me gusta atraer al lector de una manera u otra y luego hacerle cosquillas tras la oreja para ver cómo se vuelve bruscamente”. Ésa es la negación de todas las ceremonias solemnes, de las grandes ideas y las aseveraciones fuertes, de los lugares comunes y las etiquetas. De la modélica y pornográfica apariencia.

“La mujer del césar”, Francisco Casavella, publicado en “Babelia” el 10 de noviembre de 2007.

Buscando en uno de esos libros que me gusta releer de vez en cuando (y cuyo formato, con múltiples capítulos breves e independientes, lo hacen adecuado para dicha tarea), encuentro las siguientes líneas:

Con su fama de misántropo, es curioso que las palabras placer, dicha o éxtasis aparecieran tan frecuentemente en su obra. Confesaba que escribía por dos razones: por placer, dicha o éxtasis y para quitarse de encima el libro que estuviera haciendo. Una vez empezado, decía, el único modo de deshacerse de él es terminarlo [...]
Lo irritaba la gente que encomiaba el arte “sencillo y sincero”, o que creía que la bondad del arte dependía de su sencillez y sinceridad. Para él todo era artificio, incluidas las emociones más auténticas y sentidas, a las que no fue ajeno. También lo dijo de otro modo; “En el arte elevado y en la ciencia pura el detalle lo es todo”.

“Vidas escritas”, Javier Marías, 1992.

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