Acerca de algunas lecturas
…, algunas pasadas y, otras, actuales, pero todas muy satisfactorias.
uno (la ya finalizada)
Lumen le dedica una Biblioteca a Virginia Woolf, donde prometen publicar su obra completa. De uno de los primeros volúmenes que han sacado extraigo este párrafo:
[…] El agua, durante siglos y siglos, había afluido a aquella hondonada y allí permanecía estancada, con una profundidad de metro y medio, sobre el negro almohadón de lodo. Bajo la gruesa capa de agua verde, vidriados en su egocéntrico mundo, nadaban los peces, dorados, con manchas blancas o rayas negras o plateadas. En silencio, evolucionaban en su mundo acuático, se detenían en la mancha azul creada por el cielo y se lanzaban silenciosos hacia la orilla, donde la hierba, temblorosa, formaba una orla de sombras que hacían reverencias. En la superficie del agua, las arañas dejaban impresa la huella de sus delicadas patas. Cayó un grano y descendió en espiral en el agua; cayó un pétalo, se llenó y hundió. Con ello, la escuadra de cuerpos en forma de buque se detuvo; quietos, preparados; luego, tras un latigazo ondulado, se alejaron como un fogonazo.
“El siluro”, grabado de Utagawa Kuniyoshi, c. 1840.
dos (la avanzada)
Ya hablé por aquí, hace tiempo, de este libro, pero no ha sido hasta hace apenas unos días cuando me he decidido a pedirlo: una historia de las portadas de la editorial británica Penguin.



y tres (la apenas comenzada)
Por último, el que nunca falta por aquí: Nabokov.
[…] Yasha y yo entramos en la Universidad de Berlín casi al mismo tiempo, pero no lo conocí, pese a que debimos cruzarnos muchas veces. La diversidad de asignaturas –él estudiaba filosofía, yo estudiaba infusorios- disminuyó la posibilidad de nuestra asociación. Si ahora retornase al pasado, enriquecido en un solo aspecto –conciencia de la actualidad- y siguiera con exactitud todos los vericuetos de mis pasos, seguramente me fijaría en su rostro, ahora tan familiar para mí a través de las fotografías. Es curioso: cuando nos imaginamos volviendo al pasado con el contrabando del presente, que extraño sería encontrar allí, en lugares inesperados, a los prototipos de los conocidos hoy, tan jóvenes y frescos, que en una especie de demencia lúcida no te reconocen; así, por ejemplo, una mujer a quien amas desde ayer, aparece como una niña, prácticamente a tu lado en un tren lleno de gente, mientras el transeúnte casual que quince años atrás te preguntó una dirección en la calle, ahora trabaja en tu misma oficina. Entre esta multitud del pasado, sólo alrededor de una docena de caras adquirirían esta importancia anacrónica: los triunfos más bajos transfigurados por el resplandor del as… Pero, ay, incluso logramos, en un sueño, realizar este viaje de vuelta, en la frontera del pasado tu intelecto presente queda invalidado por completo, y en el ambiente de una clase reunida con atolondramiento por el torpe encargado de la pesadilla, vuelves a no saberte la lección –con todos los matices olvidados de aquellas congojas escolares.
[…] El agua, durante siglos y siglos, había afluido a aquella hondonada y allí permanecía estancada, con una profundidad de metro y medio, sobre el negro almohadón de lodo. Bajo la gruesa capa de agua verde, vidriados en su egocéntrico mundo, nadaban los peces, dorados, con manchas blancas o rayas negras o plateadas. En silencio, evolucionaban en su mundo acuático, se detenían en la mancha azul creada por el cielo y se lanzaban silenciosos hacia la orilla, donde la hierba, temblorosa, formaba una orla de sombras que hacían reverencias. En la superficie del agua, las arañas dejaban impresa la huella de sus delicadas patas. Cayó un grano y descendió en espiral en el agua; cayó un pétalo, se llenó y hundió. Con ello, la escuadra de cuerpos en forma de buque se detuvo; quietos, preparados; luego, tras un latigazo ondulado, se alejaron como un fogonazo.






