
Era la hora solitaria de después de comer, en la que pocos clientes entraban en la librería, si es que entraba alguno. Estaba solo con siete mil libros. Contiguo a la trastienda, el habitáculo, pequeño y oscuro, que olía a polvo y a papel húmedo, se hallaba abarrotado de libros, la mayoría viejos e invendibles. En las estanterías superiores próximas al techo se encontraban los volúmenes en cuarto de enciclopedias desfasadas, apiladas de costado como ataúdes en una fosa común. Gordon apartó las cortinas azules y polvorientas, que hacían las veces de puerta a la sala contigua. En esta estancia, mejor iluminada que la anterior, se hallaba la sección de préstamos. Era una de esas bibliotecas de «a dos peniques, sin depósito» que tanto gustaba a los lectores tacaños. Por supuesto, sólo había novelas, ¡y qué novelas! Pero eso era lo que el público esperaba.
Un total de ochocientos volúmenes forraban tres de las cuatro paredes de la habitación, hilera tras hilera de llamativos lomos rectangulares, como si las paredes hubiesen sido construidas con ladrillos de diversos colores dispuestos en vertical. Los libros se hallaban colocados en orden alfabético: Arlen, Burroughs, Deeping, Dell, Frankau, Galsworthy, Gibbs, Priestley, Sapper, Walpole… Gordon los contempló con un odio sereno. En esos momentos detestaba todo tipo de libros, en especial las novelas. ¡Qué espanto pensar en toda esa masa de basura húmeda y sin sentido amontonada en un mismo sitio! Puding, puding pringoso. Ochocientas porciones de puding emparedándole bajo una bóveda hecha de un conglomerado parecido al puding.

Gordon se alejó de la puerta y regresó junto a las estanterías. A mano izquierda, se encontraban los libros nuevos o seminuevos, formando una superficie de colores brillantes que pretendían llamar la atención de todo el que mirase a través del cristal de la puerta; sus lomos relucientes e inmaculados parecían decir a gritos: «¡Cómprame, cómprame». Eran novelas recién salidas de la imprenta, esposas aún no poseídas que suspiraban por un cortapapeles que las desflorase; y ejemplares para la prensa y los críticos, semejantes a viudas jóvenes y lozanas, aunque ya no vírgenes; y aquí y allá, en grupos de media docena, esas patéticas solteronas, los «saldos». Le traían malos recuerdos: del único librito miserable que había publicado hacía dos años, sólo se vendieron ciento cincuenta y tres ejemplares; el resto se había saldado, y aún así jamás se había vendido uno. Pasó de largo ante los libros nuevos y se detuvo frente a los estantes que se abalanzaban en ángulo recto contra ellos y que albergaban volúmenes de segunda mano.
Encima, a la derecha, se encontraban los libros de poesía. Gordon se hallaba frente a un revoltijo de libros en prosa situados más abajo. Estaban ordenados de forma gradual: los limpios y caros a la altura de los ojos, los baratos y deslucidos en los extremos superior e inferior. En todas las librerías se aplicaba un criterio de lucha Darwiniana por la subsistencia, en virtud de la cual las obras de escritores vivos se exhibían a la altura de los ojos, mientras que las de los difuntos se colocaban más arriba o más abajo; abajo, en el infierno, o arriba, en el trono; en todo caso, situados lejos de la vista. En los estantes inferiores, los «clásicos», esos monstruos extinguidos de la era victoriana, se descomponían en paz: Scott, Carlyle, Meredith, Ruskin, Pater, Stevenson… Apenas se distinguían los nombres en los lomos anchos y anticuados.
Los dos fragmentos anteriores pertenecen a “Que no muera la aspidistra” de George Orwell (traducción de Cristina Salmerón Giménez).
Las ilustraciones son montajes realizados a partir de las portadas de algunos de los volúmenes de G. Orwell editados por Penguin.