Anotaciones publicadas en Septiembre de 2009

Acerca del misterio

Se cuenta que a veces se oyen dos voces hablando en la habitación y que, cuando se abre la puerta, Todhunter siempre está solo. Se habla de un misterioso hombre alto con un sombrero de seda que un día surgió de la niebla, y al parecer del mar, y se paseó por la arena y por el jardincito trasero al atardecer, hasta que le oyeron hablar con el inquilino por la ventana. La conversación pareció acabar en una disputa. Todhunter cerró violentamente la ventana y el hombre del sombrero de copa desapareció en la niebla de nuevo. La familia cuenta esta historia con mucho misterio, pero yo creo que la señora MacNab prefiere otra historia inventada por ella misma: que el Otro Hombre (o lo que quiera que sea) se desliza cada noche desde un baúl que hay en un rincón y que está cerrado durante el día.

Un fragmento del relato “La ausencia del Señor Glass” de G. K. Chesterton, perteneciente al volumen “La sagacidad del padre Brown” (traducción de Miguel Temprano García).

liniers.jpg

Una de las tiras de “Macanudo”, por Liniers.

Al igual que la anterior entrada, una nueva asociación mental. Mientras leía estas lineas en el volumen que ha editado Acantilado con los relatos del padre Brown no podía visualizar al personaje descrito de una forma diferente al misterioso hombre de negro, uno de los personajes de la genial tira de Liniers.

Comentarios

 

Acerca de perros y humanos

goya_agreda.jpg

Curiosas asociaciones mentales, que a la vista de una imagen (la de la derecha, de José Luis Agreda), te traen a la mente inmediatamente otra (la de la izquierda, la pintura de Goya), que aparentemente no tienen mucho que ver, salvo una curva que delimita de alguna forma primer plano y fondo.

Comentarios

 

Acerca de G. Orwell

montaje_orwell_2.jpg

Era la hora solitaria de después de comer, en la que pocos clientes entraban en la librería, si es que entraba alguno. Estaba solo con siete mil libros. Contiguo a la trastienda, el habitáculo, pequeño y oscuro, que olía a polvo y a papel húmedo, se hallaba abarrotado de libros, la mayoría viejos e invendibles. En las estanterías superiores próximas al techo se encontraban los volúmenes en cuarto de enciclopedias desfasadas, apiladas de costado como ataúdes en una fosa común. Gordon apartó las cortinas azules y polvorientas, que hacían las veces de puerta a la sala contigua. En esta estancia, mejor iluminada que la anterior, se hallaba la sección de préstamos. Era una de esas bibliotecas de «a dos peniques, sin depósito» que tanto gustaba a los lectores tacaños. Por supuesto, sólo había novelas, ¡y qué novelas! Pero eso era lo que el público esperaba.
Un total de ochocientos volúmenes forraban tres de las cuatro paredes de la habitación, hilera tras hilera de llamativos lomos rectangulares, como si las paredes hubiesen sido construidas con ladrillos de diversos colores dispuestos en vertical. Los libros se hallaban colocados en orden alfabético: Arlen, Burroughs, Deeping, Dell, Frankau, Galsworthy, Gibbs, Priestley, Sapper, Walpole… Gordon los contempló con un odio sereno. En esos momentos detestaba todo tipo de libros, en especial las novelas. ¡Qué espanto pensar en toda esa masa de basura húmeda y sin sentido amontonada en un mismo sitio! Puding, puding pringoso. Ochocientas porciones de puding emparedándole bajo una bóveda hecha de un conglomerado parecido al puding.

montaje_orwell_11.jpg

Gordon se alejó de la puerta y regresó junto a las estanterías. A mano izquierda, se encontraban los libros nuevos o seminuevos, formando una superficie de colores brillantes que pretendían llamar la atención de todo el que mirase a través del cristal de la puerta; sus lomos relucientes e inmaculados parecían decir a gritos: «¡Cómprame, cómprame». Eran novelas recién salidas de la imprenta, esposas aún no poseídas que suspiraban por un cortapapeles que las desflorase; y ejemplares para la prensa y los críticos, semejantes a viudas jóvenes y lozanas, aunque ya no vírgenes; y aquí y allá, en grupos de media docena, esas patéticas solteronas, los «saldos». Le traían malos recuerdos: del único librito miserable que había publicado hacía dos años, sólo se vendieron ciento cincuenta y tres ejemplares; el resto se había saldado, y aún así jamás se había vendido uno. Pasó de largo ante los libros nuevos y se detuvo frente a los estantes que se abalanzaban en ángulo recto contra ellos y que albergaban volúmenes de segunda mano.
Encima, a la derecha, se encontraban los libros de poesía. Gordon se hallaba frente a un revoltijo de libros en prosa situados más abajo. Estaban ordenados de forma gradual: los limpios y caros a la altura de los ojos, los baratos y deslucidos en los extremos superior e inferior. En todas las librerías se aplicaba un criterio de lucha Darwiniana por la subsistencia, en virtud de la cual las obras de escritores vivos se exhibían a la altura de los ojos, mientras que las de los difuntos se colocaban más arriba o más abajo; abajo, en el infierno, o arriba, en el trono; en todo caso, situados lejos de la vista. En los estantes inferiores, los «clásicos», esos monstruos extinguidos de la era victoriana, se descomponían en paz: Scott, Carlyle, Meredith, Ruskin, Pater, Stevenson… Apenas se distinguían los nombres en los lomos anchos y anticuados.

Los dos fragmentos anteriores pertenecen a “Que no muera la aspidistra” de George Orwell (traducción de Cristina Salmerón Giménez).
Las ilustraciones son montajes realizados a partir de las portadas de algunos de los volúmenes de G. Orwell editados por Penguin.

Comentarios